martes, 10 de febrero de 2015

Hay que vivir...

Hacer alarde de la mayor honestidad posible delante del cursor ya no tiene tanta gracia como hace algunos años pensaba. "Sincerarse" ya no significa dejar plasmada la palabra escrita en este blog. No por ello es recomendable teclear de vez en vez algunas ideas que viajan, dejarlas salir con comodidad acaso porque tengo la manía de rumiar pensamientos sin sentido.

En este último mal hábito me parezco a alguien y esta coincidencia es tan común como el hecho de habitar el planeta. Pero he razonado significativamente buena parte de la tarde para comprender qué me impide relacionarme con esa persona que al parecer guarda tanta similitud conmigo (en pensar y pensar sin llegar a nada) y no encontré información muy grata.

Quiero decir que me he topado con un muro gigante delante de mí, construido en buena medida con limitaciones autoimpuestas. En la misma dirección también he encontrado que me he reprimido. De tal manera que evadí durante meses la posibilidad siquiera de tomarme las cosas más en serio a costa de no atentar contra esa gran fantasía compartida.

Se supone que todo el tema de no acercar, no pedir, no involucrar, se ha argumentado los últimos meses como única vía posible ante el desastre que suele ser amar a alguien. Y es muy cierto que casi siempre uno termina dándose en las narices, entregando aquello que no se tiene a aquél que no lo pide (parafraseando a Lacan). Pero insisto, tal circunstancia es también un fenómeno normado.

Porque siniestramente no pasa nada si un martes por la tarde asumo que estoy enamorada como hace muchos años no lo estuve y además me digo que lo merezco.

Vaya, en tal condición, negar un sentimiento tan profundo es equivalente a poner en la penumbra una planta que necesita sol, o poner un pájaro en una jaula.

Decisiones. La vida necesita cotidianas decisiones, porque una metáfora es inamovible: la muerte viene por todos nosotros.

La muina política señala que no son tiempos para andar por ahí divagando quién sabe qué romances. ¿Y si sí? ¿Y si es tiempo de insistir? ¿Y si es momento que la amiga que llevaba sola casi una década decide matrimoniarse con su amor perdido de la infancia para poder compartir todos sus viniles y cassettes?

Este recién cumpleaños me concedo el regalo del riesgo, de romper las putas ventanas de una vez y salir a buscarle. Tengo aquí junto el calendario lunar, pues todas esas lunas llenas vamos a compartirlas. Vendrán nuevos dolores y frustraciones, adelante, bienvenidos sean.

Ignoraré tanto como sea posible que conozco en qué acaban estas cosas. No lo sé.

No me interesa.

Este escrito no es honesto todavía. Tiene el potencial de serlo pero no lo es. Falta pedirle un teléfono, renunciar a ese tuit maligno, proponerle una caguama donde ponga en práctica todo este choro y reunir cósmicamente nuestros cuerpos físicos y etéreos.

Lo dejó escrito el Ministerio del Espacio:

--no tenemos nada que perder, nunca lo tuvimos, de eso se trata--











lunes, 9 de febrero de 2015

Veintiocho, escrache al cuerpo

No se sabe de qué es uno capaz hasta el día que amanece en un lugar que no es casa, digamos en un no lugar, con una botella de whisky vacía en la bolsa. Esa ebriedad permite ver un poco el fondo del sí mismo, las nuevas formas.

Quizá me reservé hasta este lunes de oficina con las manos congeladas para escribir este no-suceso. Evitando el incómodo lugar común de hacer como que se escribe mejor siendo un borracho, porque no es así y de todas maneras escribo horrible.

Aquella noche fue la más divertida. Bailar sin limitaciones mentales canciones pasadas de moda y hacer el ridículo. O no.

Domingo, 3: 35 am. En el baño una chica travesti me concedió el honor de usar su lapiz labial rosa pastel y me lo unté en la cara con el mismo orgullo que desperté horas más tarde.

Domingo, 10:20 am. El maquillaje era un desastre, miré en el espejo de aquél departamento la peor versión de mi misma. El delineador batido insistía en que mirara, los labios hinchados y calientes también.

No fue una noche de agotador sexo salvaje, vaya, ni siquiera tuve el gusto de pasar la noche acompañada más allá de los amigos agitados con los que bailé sin parar. 

El tema era muy otro. Porque eso que vi en el espejo, ese lugar de batallas tan descompuesto, me azotó en la cara un guiño de libertad. Comunicarse con el lado turbio de un cuerpo que día a día se diluye hasta la muerte no sólo es posible, es indispensable.

Y para qué.

Para obligarse a salir a la calle en busca de alimento, para seguir insistiendo en ese nivel precario y tierno de la sobrevivencia que por supuesto nunca se merece. Soy capaz de reconfortar mi mente y espíritu: este domingo puedo sola. 

Hay que bajar la guardia, un día esto también acabará.

El sol del medio día me dejaba ciega, caminé hasta el mercado y de regreso. Por esas calles podría o no encontrar a quien el azar me pusiera enfrente, a algún cariño de otros tiempos, un familiar al que tienes siete años de no ver y no es familia, ese invento del patriarcado al que decidiste nombrar el amor de tu vida. 

Entretanto, el ficcional paseo, transición sábado-domingo, concluyó sin hablar con mis fantasmas. Porque el fantasma era yo jalando mi sombra teporocha. Sin brasier ni calzones debajo de la ropa, recién desmaquillada, cargando por tu barrio, casi afuera de tu casa, las bolsas del mandado. 

 




lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Seremos?

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a lo mejor...

un día
que no piense demasiado en ti;




hoy

        no se puede







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martes, 9 de diciembre de 2014

Lucio

Todos estos días que la wasa se prestó a indignarnos o al revés, que se usó el #todossomoscompas y demás, tuve muy presente al compañero lucio. 

Compartí camino con el compañero lucio poco más de una hora allá en el sur. Lo que me contaba era fascinante, principalmente que en cierta temporada del año a los compañeros les da por comerse las mariposas que andan por ahí volando.

Y a juzgar por las palabras del compañero, son verdadero manjar en el monte.

Vale, pues eso. Éste fue un post con el ser-haciendo muy agradecido con lucio, por la tertulia, el auto, los años, su andar sin pasamontaño nomás para mostrarse cuando la noche era oscura y lejos se miraba el alba. 




sábado, 29 de noviembre de 2014

Tolsá 20:52

Hemos comido la ira en la misma mesa
y visto al pueblo sacudirse la dignidad.

Las lunas de noviembre fueron la siempre guía
de un corazón que no deja de latir,
aunque nos repriman,
aunque nos desaparezcan,
aunque nos.

Unos compas resistiendo.

Decenas de miles escupiendo al miedo.

Cuarenta y tres. Once. Dos.

Y todavía no has visto nada.

El acuerdo fue acuerdo, el regreso fue regreso.

Luego vino el robo de ternura a mansalva.

Nos hemos robado un pedacito de piel sin para qués.

Se me está acabando el tiempo para decirte
lo que sé que escuchas en mis ojos.

Estás ahí
todavía dormido,
el calor aún distante se aproxima a la Tierra
en sus fragmentos de nube.

Cobijo tu ser
haciendo manto con los últimos temblores.

Tu risa es la música que baja como neblina sobre mi ánimo.

Ahuyentamos el frío todavía necesario para abrazarnos
y abrazarnos.


viernes, 21 de noviembre de 2014

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Un día que haga ternura te diré.

Te tomaré de la mano que ahora tiene ampollas y moretones.

Contaré la angustia que es huir de una horda de monstruos con las agujetas desamarradas.

Quizá te sonreiré menos pero más honesto, o más sensato, o más cansado.

Un día muy pero muy muy lejano, quizá de ancianos.

O quizá cuando dobles a la vuelta de la esquina desapareciendo con el infinito instante.

Moriré por ese día que haga soleado o lluvia, o simplemente silencio.

Esperaré hasta tarde, saldrá la luna, contaremos estrellas en vez de muertos.

Arrimados a las vías de un tren.

Te juro que ese día existe.

No tarda.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Notita antes de arruyar bestias internas

Constato que soy más antisocial que nunca en la vida y aburrida. 

Estoy a tres días de cerrar un festival más, uno que para mí fue muy importante. Que se construyó con la voluntad del trabajo colectivo y que ha tenido altibajos históricos.

Hay cierta doble moral en todo esto porque lo disfrutable no es disfrutable. Más allá de nuestras narices siguen faltando nuestros 43 de Ayotzi. Y cuarenta y tres significa miles y miles, una montaña fosa común gigantesca de la que se asoma un rabito apenas, la punta del iceberg.

Resumidas cuentas estoy agradecida, el año pasado todo era más caótico y problemático y azotado. Ahora hay calma interna, tengo esa impresión.

Pero también siento mucha nostalgia porque al finalizar la función de cine pues la realidad ahí está, impenetrable, desorbitante, triste al fin con todo esto que pasa y que tanto nos arrebata: amores, recuerdos, posibilidades de maestros, posibilidades de sueños

posibilidades de familia

posibilidades de que esto levante


posibilidades de aparecer por ahí


con vida

infinita

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