

No pruebes una droga cuando puedes probar dos. Cerro de Monserrate en Bogotá, Colombia, 2010.
Mi recuerdo más vivo y constante es el de la misma casa de Aracataca donde vivía con mis abuelos. Todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa, estoy ahí, sin edad y sin ningún motivo especial, como si nunca hubiera salido de esa casa vieja y enorme.
A la mañana siguiente debería decir al deseo siguiente en su mar gris claro, salpicado en su vuelco de salitre. Debería decir hay un manto de mentiras que desde arriba sueltan algo de brisa en pequeños copos dispuestos a refugiarse en la piel cuarteada de recuerdos riéndose a huracanes.
Al crecer se va manchando, le crecen las garras, los colmillos y los dientes; muerde con fuerza, desgarra lo que devora, gruñe, gime, resopla. Anda comiendo animales, venados, conejos y otros. Es muy delicado, no dado al trabajo, se cuida mucho, se baña, está limpio, lava su cara con saliva. Se prepara, se cuida.
Y los cazadores llevan la cuenta. Esta era su costumbre, que sólo cuatro veces le lanzan sus flechas. Y si le disparan las cuatro, entonces estarán perdidos. Luego el ocelote se prepara, se estira, bosteza, se sacude, se relame. Enseguida se encoge y luego da un salto como volando. Y aunque el cazador esté a diez brazas o quince, se lanza para atraparlo. Sólo una vez salta, vuela, lleva el pelo erizado. Allí perece el cazador, es devorado.








Un paseo a solas por reforma, noche de cumbia colombiana, piel que se comparte, domingo de resaca, rugido al centro de la plaza, humo que levanta. Cuerpos ciegos, el ejemplo, buena música, corazón vagabundo y comparsa de payasos, historias subterráneas, corales del caribe. Agua que cae y no cae en invierno, hierba de banqueta, muros naturales, hechos concretos, divisiones desgastadas... Esta vida, más o menos mía y su palpitar que arde.
Hasta los átomos
Si te perdieras
Pero qué inútil canto
Para qué contemplarLa palabra periplo -περίπλους- hace referencia a aquellos documentos antiguos que contenían las observaciones de los navegantes para leerse en el futuro: distancias entre puntos, descripciones de la costa, vientos, corrientes, bancos de arena, puertos, fondeaderos y aprovisionamientos. Testimonios al fin y al cabo. Las permanencias y los retazos, les digo yo.
Esta serie de sincretismos encontrados en el viaje han sido escritos mayoritariamente en la noche, cuando la resistencia onírica baja y suele entregarse en su vaivén como la mejor de las amantes y mareas.
La bitácora que ahora lee es justo eso, una huella hecha al paso y al repaso de una danza ajuastada al centro del todo, capaz de llenar el espacio y mantenerme bailando. Pase.